viernes, 18 de julio de 2014

I. Eterno

Dicen que no hay dos amores iguales, y es verdad. Por mucho que a día de hoy quisiera compararlos no podría, porque el amor que sentí hacia una persona no tiene las mismas medidas de unidad que al amor que tengo a día de hoy. Parece surrealista pensar en lo que sentías por alguien, y darte cuenta que lo que sientes ahora supera millones aquella milésima que creías enorme. Podría poner muchos ejemplos para explicar el momento en el que supe que me enamoré de ella, pero siempre habrá uno que destacaría por encima de todos. Fue una noche en la que nuestros dedos se entrelazaban, la piel se escondía debajo de esas sabanas rojizas y nuestro pelo se alborotaba enrededándose uno con otro. Hicimos el amor como nunca, la sentí tan dentro de mí que los gemidos, gritos y susurros de esa noche fueron nuestra única canción. Y es que al terminar, no pude evitar derramar lágrimas por mi mejilla, abrazarla muy fuerte y explicarle que en ese momento, estaba siendo uno de los momentos mas felices de mi vida. 

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